
A fría disciplina
mi alma fue sometida
quedando quieta en su sitio,
vacía,
como un árbol sin sombra...
ciertamente
no la entendía
ni ella a mi.
Desde entonces
fuimos dos
Y salí y enrostré
mi torso al sol
para curar mi desconsuelo.
Fue la manera justa
Pude arrancar
de las bocas negras.
Y hoy,
oigo mi corazón ronronear
y sobre mi una mujer,
que me pago con lágrimas,
me ahogo en su ternura,
y me reunió con mi alma.
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